lunes, 11 de enero de 2010

Receta para una merienda


Era el lugar idóneo y sin embargo jamás lo hubiera pensado. Allí no era el mundo, sino que el mundo era allí.
Había una mesa repleta de dulces y varios comensales que charlaban. Respiraban un aire de café solo.
Fuera, la tierra húmeda era un lodazal de indeterminado color pardo.


Aquella mañana Cousas y yo habíamos viajado en furgoneta hasta la capital compostelana. La ida fue tensa, pero a la vuelta hicimos miles de bromas sobre llevar todo el puto día en la furgalla. Por la tarde, a golpe de furgalla blanca, recogimos a Thomas y nos adentramos en territorio desconocido... Gracias al simple, pero increíblemente preciso, mapa que nos había dibujado La Princesa, pudimos evitar la casa de la vecina loca y llamar al timbre de la puerta número 13. Era una señora casa, con su señor terreno. Dentro estaban todos y comimos y charlamos e intercambiamos regalos y sacamos fotos y, demasiado pronto, nos despedimos, porque había que irse, había que irse...


En el camino de regreso pensé que ahora comprendía mucho mejor a La Princesa. Tan solo había pasado una tarde allí, pero había sido suficiente para impregnarme de un gris plomizo, místico y tenebroso.
Un hogar para ancianos, una fábrica, un parquecillo abandonado, la obligada iglesia tétrica de piedra fría.
Yo no habría cambiado nada de esa tarde, excepto, quizás, mi generosidad para con ellos.

jueves, 8 de octubre de 2009

Alférez de Franco: Pucho Lago


Un cabrón con suerte, el falangista este. La primera espada que entró en Barcelona, se adjudicaba. Temeroso de Dios, lo que se dice temeroso, creo yo que ni pa tanto, ahora las apariencias a engañar, que para eso están.

Tenía cierto aire a Franco, de hecho. Un Franco delgado, magro. O un Hitler españolizado, que tampoco es tan descabellado. Por lo del bigotito, digo, ese bigotito cano, cortito, que llevó hasta su último día. El típico bigotito facha, aunque qué sabría él de clichés. No le interesaban.

No es el tremendo escudo falangista coldado en la pared del comedor lo qué más recuerdo de la casa de mi abuelo Pucho. Es el estar sentada sobre sus rodillas, oh, esas sillas de mimbre crujiente, mientras él me contaba historias de Popeye, el Marino.

"Lo que tú quieras", le oigo decir, con voz de abuelo que adora a su nieta, "todo lo que tú quieras". Y en efecto, así era, así fue siempre hasta el día en que murió y me quedé sin él.

El día que murió mi abuela, un día de madrugada, yo había llegado corriendo a casa y alrededor de la cama donde yacía la difunta estaban todos menos él. Me acerqué al cuarto grande y encontré a mi abuelo sentado, con la mirada perdida. Creía que estaba soñando. Me preguntó: "Pero esto... ¿es real?" No se podía creer que su mujer había muerto. Yo le tomé de la mano y asentí, con los ojos secos. Triste por él, dolida por su dolor, su desconcierto, su aspecto frágil de viejo blanco. ¿Y a mí qué carallo me importó nunca el bando en el que luchó mi abuelo? Mi abuelo era mi abuelo, no era un militar, no era un facha, no era un especulador, no era un tirano, no era un cabrón, no era severo con sus hijos, no era más que el abuelo que me repetía "todo lo que tú quieras"...

Tan solo ocho meses más tarde también moría él. Creo que estaba ya harto, sí, lo creo. No más achaques, se dijo, que les den por culo a los achaques, yo la palmo. Un hombre de acción, hasta el último momento.

Solo tú sabes a qué me refiero cuando te pido perdón por lo de aquel día, el día en que pillé aquella rabieta. Tu respuesta fue: "Te daré todo lo que quieras". Tú no eras un soldado, al menos no entonces, porque me dejaste ganar sin haber peleado. Me dejaste ganar sin tener yo razón. Muy poco castrense, pero muy de abuelo.

Dios mío cómo te he echado de menos todo este tiempo, abuelo... Solo me consuela saber que por fin habrás podido darle a tu hermano esa patada en culo que tanto merecía y de la que solo se libró muriendo antes que tú.

Tu fruta fría. Tu fruta muy fría. La nevera llena de tus melocotones fríos...

martes, 8 de septiembre de 2009

Mi mamá me mima


Lo he intentado, pero tengo fiebre. Y ella está impresionante en estas fotos, igual a una estrella de cine de los 50. El cutre-escáner no puede captar su expresión seria, su mirada intensa, oscura, su peinado perfecto. Su ausencia total de maquillaje.
Como muchas jovencitas de posguerra, mi mamá trabajaba de sol a sol, dentro y fuera de casa. De los ocho hermanos que sobrevivieron a la malnutrición y a la meningitis, siete eran varones y seis de ellos mayores que la "neghriña do Cola-Cao", por lo que tocaba cocinar y rascar para todos. Luego, por las tardes, aprendía a sacar fotos en la única tienda de retratos del pueblo. Sacaba fotos de carné y estampas de postal de Navidad. Hacía de modelo para El Tuerto, gracias a quien conservamos centenares de imágenes de una muchacha de 18 años, posando con vestidos cortitos, con collares de perlas, con gorros última moda, con el pelo a lo garçon.
El Tuerto y mi padre eran íntimos amigos. Se enamoraron los dos de ella. Mi padre se pasaba puntualmente a preguntarle a mi madre cualquier chorrada: ¿Dónde se coloca el objetivo de esta cámara? ¿Cómo puedo hacer el efecto velado? ¿Cuánto cuesta este flash?...
Ella debía obediencia ciega a su padre y, me consta, siempre fue muy cumplidora. Pero veía a sus cuñadas, abnegadas amas del hogar, y ella deseaba ser otra cosa. Fotógrafa, ¿por qué no? Cuántos paisajes de convite nupcial y cuántos grupos de gente, borracha de romería, habrá inmortalizado durante sus años con El Tuerto. Pero se decantó por el no va más del momento: estética. Esperó hasta haber acabado su estudios de esteticista y masajista para casarse. Y entonces alquiló el local.
Si supiese la gente lo qué era entonces... Un gabinete propiedad de una mujer de menos de 30 años, dirigido por ella misma. Ella se ocupaba de todo y, bueno, no todas sus empresas llegaron a buen puerto, pero nunca jamás fracasó por no haberlo intentado. Así hasta hoy: el primer gabinete de estética del pueblo y uno de los poquísimos con esteticistas profesionales (no peluqueras con gusto por el maquillaje y la manicura, no: profesionales del maquillaje y la manicura, el masaje y el cuidado de la piel).

El memento mori es otra historia, la de hoy, 63 años después.
Hoy mi mamá cumple 63 años. Hoy es día grande de feria, la romería de Darbo, una de las más famosas y divertidas de todo el verano cangués. Como todos los años, subimos mi padre, mi madre, mi hermana y yo para comer hasta reventar y para bailar al son de las gaitas y para tumbarnos a la sombra de los árboles y ver a la gente ir y venir. También es un día importante de reunión familiar, pues no es solo el cumpleaños de mi madre, sino también el de mi difunto tío Manolo y cuando mis tíos se juntan siempre sacan historias increíbles; leyendas sobre la bondad de Manolito, su temple, su gran corazón. Leyendas sobre las romerías de antes, las comilonas las sardiñadas, las sopas de cabalo cansado. La niña Urbana, el angelote de tirabuzones rubios que murió con solo tres añitos... y mi primo Adolfiño.
Esta no es la foto que vi hoy en casa de mi tía. Este no es mi primo Adolfiño. Pero es una imagen aterradoramente similar, que me hace pensar en los muchos miles de niñitos muertos durante los años 50, mientras el resto del mundo se modernizaba y aquí en Galicia solo había analfabetismo, castañas y patatas.
Este mismo fin de semana, lo qué son las casualidades, leí con curiosidad morbosa el artículo de los memento mori, el Sleeping Beauty de Stanley B. Burns y creí que jamás tendría la suerte de tener uno entre mis manos; el retrato post mortem de algún conocido. Y mirá vos: mi primito de un año, en un ataúd casi idéntico al de la foto, en una pose clavada al de este niño, pero vestido de blanco y rodeado de flores, en uno de los muchos álbumes que guarda mi tía. Mi madre dijo, en un perfecto castrapo:
-O neno era meu ahijado y cando morreu ¡mimá!, non sei cantas veses resei o Credo.
Al parecer, como madrina de su sobrino, era importante que rezase un Credo el día del bautizo y, durante mucho tiempo, mi madre creyó que Adolfiño (bautizado en su honor) había muerto a causa de un Credo mal recitado...
Ay, mamá, descansa, muller. Descansa. Eres lo que más quiero en el mundo: lo que más quiero. Y solo pido poder subir a Darbo contigo, en tu día, el día de Darbo, durante muchos años, hasta que seamos las dos muy viejas y ya no nos acordemos ni de Adolfiño, ni de los Credos mal rezados, ni de nuestras disputas madre/hija, ni de nada que no sea el cariño que nos tenemos.
Feliz cumpleaños.

martes, 26 de mayo de 2009

Privilegio


Desearía poder sentirme mal hoy, por comodidad, por gusto. Pero no puedo. Ayer a última hora recibí dos noticias estupendas:

El Dr. Who va a ser papá. La Dra. Who está de 16 semanas y ambos están tan nerviosos como ilusionados. Ah, los papás primerizos... Enhorabuena y buena suerte.

Y luego, mirad bien este cuadro: sois unos privilegiados. Estáis contemplando la obra "Bus" del gran Mr. T, que se expondrá en la Royal Accademy de Londres este verano. Otros pintores, gente que incluso ha llegado a ser muy conocida, se han pasado la vida intentando meter un cuadro en la RA, y él lo ha logrado a la primera. Le auguro un grandísimo futuro y le doy la enhorabuena. Y le agradezco mil veces que me haya invitado a ir este agosto a contemplar la obra frente a frente. Será un honor.

jueves, 7 de mayo de 2009

El día: Papá


No me llevo bien con mi padre y me pasé algún que otro trayecto de autobús pensando en cómo hacer esta entrada, incluso en si hacerla o no, soy así de cabrona.

Pienso en Herbert von Karajan en gordo.

Cuando yo no era yo, solía ir con mi padre de paseo en coche. Escuchábamos alguna obra maestra de la música clásica, algo verdaderamente sublime. Luego él me examinaba: ¿Cuál es esta? Y yo: Concierto para piano y orquesta n.º 1 de Tchaikowski. ¿Qué instrumento es ese? Yo: un oboe. ¿Quién compuso esta obra? ... (esa era difícil) ... ¡Telemann! Muy bien. Sí señor. Telemann.

Ni su madre ni su padre confiaron en él. Niño llorón, le llamaba mi abuelo. Sin embargo nadie aguantaba a mi tío, era mi padre el rey de la pandilla. Imaginaos, en un pueblo pequeño no tengo más que decir que soy hija de von Karajan, el Juez de Paz, el de las paellas, el del vinito peleón, el ex-militante del PSOE (todo por joder al falangista de mi abuelo). No tengo más que decir que soy hija del que hizo la fideguá el día de San Roque. Aquel que trajo los chorizos del Bierzo. El que nunca falla. Ese es mi padre.

¿Por qué entonces, nos llevamos mal? ¡Si este señor es la alegría de la fiesta! Os cuento:

Al poco de volver de Anglosajonia, estaba yo viendo una película en el salón de casa. El salón de casa es SU territorio, pero como yo había vivido fuera tanto tiempo no lo sabía. Él entró y se fastidió, se tumbó en el sofá y se echó a dormir, roncando considerablemente. Todavía tuvo las narices de ordenarme que bajase el volumen, que la tele le molestaba. Yo le dije: Papi, te vas a tu habitación, que allí hay una linda cama donde puedes dormir la siesta. Pero él nada, el salón es SU territorio. Cuando se levantó para arrebatarme el mando y bajar él mismo el volumen, algo se resquebrajó dentro de mí. Ya sabéis que volví bastante trastornada de Hastings; no estaba Pato para bromas. De un salto empujé el enorme televisor al suelo, donde explotó. Luego, llorando de rabia, salí corriendo de casa. No hemos vuelto a hablar con normalidad desde entonces, a pesar de sus esfuerzos.

Ya sé lo que estáis pensando: Oh, una pelea por el mando, dios, qué mundanal, perder un padre por eso. Pensad lo que queráis, la que tiene que vivir con él soy yo, es mi madre, era mi hermana y todas coincidimos: es insoportable.

Me encojo de hombros, pues. Le quiero. Le quiero mucho. Incluso le admiro, a veces. Nunca me ha fallado y "nunca" tiene fecha de 33 años, suma y sigue. Hoy es él el cumpleañero. Y quizás tenga cáncer. Así que debo arreglar esta situación. Pero lo dejaré para mañana, como he venido haciendo todo este tiempo. Mañana, papá. Mañana.