martes, 22 de julio de 2008

El lugar que ya no existe del día: El Monte de Jurujú


Donde ahora está la bocatería A Esquina (chapeau para el nombre), al fondo de la avenida de Ferrol, había antes un monte de tierra de un metro y medio de alto, una pila de barro y hierbajos pisoteados, cuando media Cangas era un gigantesco solar. Mi abuela Bonis llamaba a aquel montículo el Monte de Jurujú, y era obligado para mi hermana y para mí correr por su cima siempre que salíamos o entrábamos en casa.

El Monte de Jurujú ya no está. Tampoco el mítico Campo del Cuervo. Ni la sencillamente bautizada como Playa de la Caca. Ni mi abuela Bonis.

Ella,... pues,... no sé. Era vanidosa y pícara. Quizá son adjetivos demasiado sinceros para describir a una abuela. Se enorgullecía de su inusual nombre y de sus ojos verdes y su pelo rubio-rojizo. Contaba historias de pretendientes en caballos blancos, bailes de vestido largo, calesas de plumas, un abolengo que ella ya no llegó a conocer, pues los Barros del Amo ya no eran la gran familia descendientes del conde de Aldán, políticos y alcaldes, falangistas, primeros alféreces de Franco, propietarios de las fábricas de conservas. Les apodaban "Levitarachada" (levita rota, dando a entender que su fortuna se había esfumado, pero que todavía deseaban aparentar). El primo de mi abuela, Ángel Botello, fue el primer intelectual de la familia. Fue un gran pintor y la sala de exposiciones de La Casa de la Cultura de Cangas lleva su nombre. Le siguió mi madrina, Mª Paz Mariño Barros, diseñadora y escritora.

Pero mi abuela Bonis. Ella coleccionaba baratijas que brillaban como joyas. Atesoraba las escasas fotos que daban fe de su belleza nórdica. Hasta el último día de su vida, (ya muy enferma, dos ataques de trombosis y parálisis del lado izquierdo del cuerpo, amén de senilidad acusada) mintió sobre su edad. Tenía "alcumes" para todos. Mi hermana era Cocoliso, mi madre era Tejero (por dar órdenes como el infame golpista), yo era simplemente Mari. Y era su preferida. Creo que así quería redimirse para con mi padre. Pues ella favoreció descaradamente a sus otros dos hijos; a mi tío, porque fue universitario, y a mi tía, porque era su única hija. En fin, esto son cojeturas.

Ahora, cada vez que pierdo un pendiente, una moneda, pienso en ella. No había objeto brillante que se le escapase.

Abuela, ¿sabes qué? Me gustaría volver a comer tus "tornillos" de pasta y tu arroz con leche. Me gustaría que me mintieses una vez más, que volviésemos a cruzar el Monte de Jurujú de la mano y volver a escuchar que me llamas : Mari, Mari.

¿Abuela, estás bien?

3 comentarios:

Qcousas dijo...

Encantoume...

O Monte Jurujú tamén é un dos gratos recordos da miña infancia (como a beirarrúa máis estreita do mundo).

E sabes que desde que descubrín a Ángel Botello son unha das súas máis ferventes admiradoras (o meu salvapantallas é un cadro seu).

Carai coa familia Lago!

A princesa no xardín dijo...

Pois resulta que, non sei como nin por que, salteime unha morea dos blogs que levas publicados... e mira que entro a cotío!, pero, eu que sei, será cousa das pantasmas desta casa...

Parrula, non tiña nin idea desa xenealoxía túa. A min cheirame a inspiración descarada para unha novela, ¿ti que dis?

B-I-C-O-S

Pato dijo...

Yo digo que debería repasar mis entradas antiguas más a menudo. Y si te inspira, sírvete, querida, yo encantada.